Ian Martin, el nueuvo engaño nacionalista
Hay una generación que está empezando a cuestionar ideas que durante años parecieron incuestionables. Jóvenes que se sienten alejados del discurso de la izquierda, del progresismo y de determinadas formas de interpretar la historia argentina, y que buscan recuperar palabras como Patria, Nación, soberanía y tradición. Esa búsqueda es legítima y muy necesaria.
13/08/2026
Hay una generación que está empezando a cuestionar ideas que durante años parecieron incuestionables. Jóvenes que se sienten alejados del discurso de la izquierda, del progresismo y de determinadas formas de interpretar la historia argentina, y que buscan recuperar palabras como Patria, Nación, soberanía y tradición. Esa búsqueda es legítima y muy necesaria.
La marcha al Congreso contra las modificaciones a la Ley de Tierras fue, justamente, una expresión de esa preocupación por la soberanía territorial y por el destino de una parte fundamental del patrimonio argentino. Es perfectamente legítimo participar de una movilización así. El problema aparece cuando, al intentar escapar de un discurso dogmático, esos jóvenes terminan cayendo en otro. Cuando dejan de cuestionar las ideas de un lado para comenzar a aceptar sin crítica las de otro. Y allí las redes sociales tienen una enorme responsabilidad: ofrecen personajes que hablan con absoluta seguridad, simplifican problemas complejos, ridiculizan al adversario y convierten la política en un espectáculo de certezas, insultos y provocaciones.
En ese fenómeno pueden ubicarse figuras como Cúneo, Danann, El Presto y, más recientemente, Ian Martin. No sería justo afirmar que todo lo que dicen es falso: muchas veces señalan cuestiones reales, recuperan hechos históricos silenciados o formulan críticas que merecen ser discutidas. El problema está en otra parte: en el egocentrismo, la soberbia y la pretensión de presentarse como dueños de una verdad. En el caso de Ian Martin, llega al punto de presentarse públicamente como poseedor de la verdad.
Su caso resulta particularmente interesante porque representa la confusión entre patriotismo y nacionalismo. Son conceptos que pueden relacionarse, pero no son sinónimos. El patriotismo es, ante todo, el amor, la identificación y el compromiso con la propia Patria. El nacionalismo, en cambio, puede convertirse en una doctrina política con determinadas ideas sobre la Nación, el Estado, la identidad y la relación con otros pueblos. Ser patriota no exige adherir a una ideología nacionalista. Se puede amar profundamente a la Argentina, defender su soberanía, respetar a sus héroes y querer lo mejor para su pueblo sin adoptar una doctrina política determinada. Cuando esa distinción se pierde, el patriotismo corre el riesgo de transformarse en una identidad política cerrada en la que quien no comparte determinadas ideas deja de ser considerado suficientemente argentino.
Martin también representa otra contradicción: el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán fueron ideologías europeas, surgidas de circunstancias históricas concretas y ajenas a la tradición política argentina. No son la expresión natural del patriotismo argentino. Amar a la Patria, defender la soberanía y reivindicar nuestra identidad nacional no requiere importar ideologías extranjeras ni adoptar sus símbolos. Por eso el saludo romano realizado por este muchacho y sus seguidores durante aquella marcha resulta particularmente problemático por la confusión a la que se presta. Un gesto asociado históricamente al fascismo no se convierte en argentino simplemente porque quien lo realiza hable de soberanía o de Patria. El patriotismo argentino tiene una tradición propia y no necesita mirar a Roma o a Berlín para encontrar símbolos con los cuales identificarse.
Y tampoco es correcto colocar en el mismo lugar al fascismo y al peronismo como él lo hace, paradójicamente, igual que la izquierda e "ignorantes" que denosta. El peronismo tiene una historia, una doctrina y una experiencia política propias, surgidas en la Argentina y vinculadas con nuestra realidad social, económica y política. Se puede criticar al peronismo, discutir sus gobiernos, sus contradicciones y sus errores, pero equipararlo sin más con el fascismo es una simplificación burda. Que el primer peronismo haya compartido determinadas preocupaciones, discursos o rasgos con movimientos nacionalistas europeos no lo convierte automáticamente en fascismo, nazismo o franquismo. Las semejanzas puntuales no eliminan las diferencias de contexto, trayectoria, doctrina y práctica política. La historia argentina merece algo más que etiquetas utilizadas como armas de discusión por rating.
A esto se suma el lenguaje vulgar y provocador que Ian utiliza, semejante al de los otros influencers mencionados. Se nota que disfruta especialmente de provocar a la izquierda y de generar una reacción en quienes piensan distinto. Y tampoco parece tener demasiados reparos en hablar de sí mismo en términos grandilocuentes: se coloca del lado de Dios, se presenta como alguien que posee la verdad y reconoce abiertamente su interés por la fama.
No hay nada malo en querer tener audiencia o en buscar reconocimiento. El problema aparece cuando la búsqueda de notoriedad empieza a confundirse con la defensa de una causa. Porque entonces surge una pregunta inevitable: ¿cuánto hay de preocupación genuina por los problemas de la Patria y cuánto hay de construcción de un personaje destinado a conseguir seguidores?
El patriotismo no debería convertirse en una estética, ni el nacionalismo en una colección de gestos provocadores. Tampoco debería reemplazarse el dogmatismo de un lado por el dogmatismo del otro. Si queremos que los jóvenes recuperen el interés por la Argentina, por su historia y por su destino, deberíamos enseñarles a pensar, no simplemente decirles qué tienen que pensar.
Salir del progresismo no significa necesariamente haber encontrado la verdad. Y tampoco hace falta convertirse en un seguidor de alguien que, después de leer algunos libros, cree haber recibido el privilegio de tener todas las respuestas.
La Argentina tiene una tradición nacional propia. No necesitamos importar el fascismo, el falangismo o nacionalsocialismo para ser patriotas, ni necesitamos negar nuestra propia historia para construir un nacionalismo argentino. Si queremos que una nueva generación vuelva a interesarse por la Patria, lo mejor que podemos hacer es ofrecerle algo mucho más valioso que consignas: historia, pensamiento crítico y la libertad de discutir incluso con aquellos que aseguran poseer la verdad.