Suerte y culo
La taba, el astrágalo y la dignidad del juego en la tradición grecolatina y cristiana
09/10/2026
Cualquiera que haya visto jugar a la taba en el campo sabe que el hueso tiene dos caras que importan: si cae de suerte, ganás; si cae de culo, perdés. Lo demás es ruido. Pero detrás de esto hay algo que vale la pena pensar: una manera de entender el juego y, con él, al hombre, que viene de Grecia y Roma, pasó por la escolástica y terminó llegando a la pampa dentro de un astrágalo de vaca.
La pregunta de fondo es bastante simple: ¿qué dice de una cultura el tipo de juego que admira? Hay juegos que son puro cálculo y otros donde el cálculo convive con la suerte, el pulso, la intuición y la picardía. Mi tesis es que la tradición grecolatina y cristiana tuvo una especial inclinación por los segundos, y que esa preferencia dice algo verdadero sobre lo que significa ser humano.
Los juegos que calculan
Empecemos por el otro extremo. El go, el ajedrez, el shogi y las damas tienen algo en común: no hay cartas escondidas ni dados que puedan arruinarte la tarde. Todo está sobre la mesa. Son juegos deterministas y de información completa. Zermelo mostró ya en 1913 que, en ciertos juegos de este tipo, si ambos jugadores pudieran jugar perfectamente, el resultado estaría determinado de antemano. El problema es que hace falta una cabeza capaz de calcularlo.
Las damas, de hecho, fueron resueltas por computadora en 2007: con juego perfecto terminan en tablas. El ajedrez y el go siguen sin estar resueltos, pero las máquinas hace tiempo que nos pasan el trapo.
No todos estos juegos son orientales, por supuesto. El ajedrez nació en la India y tomó su forma moderna en Europa; las damas tienen raíces medievales europeas. Pero fue en Asia oriental donde el juego de cálculo puro llegó probablemente a su mayor prestigio cultural. En China, el go desplazó a un antiguo juego de lanzamiento de varillas, el liubo, y terminó convertido en una de las cuatro artes del letrado, junto con la música, la caligrafía y la pintura. En Japón, el shogunato Tokugawa mantuvo casas oficiales de go financiadas por el Estado, mientras prohibía repetidamente el sugoroku, asociado a los dados y las apuestas.
Esto no quiere decir, claro, que en Oriente no se jugara por azar. Se jugó muchísimo. La diferencia está en qué clase de juego se elevó a modelo cultural: allí, con frecuencia, el prestigio quedó del lado del cálculo.
En Occidente, además, el juego de cálculo puro tal como hoy lo conocemos es en buena medida un producto del Renacimiento y la modernidad, más que de la tradición antigua. El ajedrez medieval era bastante más lento: la dama, por ejemplo, apenas se movía una casilla. El ajedrez moderno aparece hacia fines del siglo XV, sobre todo en España e Italia, cuando dama y alfil adquieren su movilidad actual; el libro de Lucena, publicado en 1497, es uno de los primeros testimonios de esas nuevas reglas.
Las damas, nacidas en la Edad Media, también toman su forma moderna más tarde. Y, en medio de todo eso, Alfonso el Sabio todavía podía describir en su Libro de los juegos, de 1283, variantes de ajedrez jugadas con dados. La Edad Media no veía ningún drama en mezclar cálculo y azar.
Fue la modernidad la que empezó a soñar con otra cosa: Galileo imaginando la naturaleza escrita en caracteres matemáticos; Leibniz fantaseando con que las discusiones pudieran resolverse diciendo simplemente “calculemos”. Y esa misma modernidad que convirtió al mundo en cálculo terminó convirtiendo también el azar en cálculo, con Pascal y Fermat.
Un hueso con historia
El astrágalo es un huesito del tarso de ovejas, cabras y otros animales. Tiene cuatro caras estables sobre las que puede caer, y los griegos les asignaron los valores 1, 3, 4 y 6. Es, en cierto sentido, un dado que la naturaleza fabricó antes que nosotros.
Aparece desde el comienzo mismo de la literatura. En la Ilíada, el fantasma de Patroclo le recuerda a Aquiles que, siendo chico, mató accidentalmente a otro muchacho durante una pelea surgida por un juego de astrágalos. En el Lisis de Platón, los jóvenes juegan con ellos durante la fiesta de Hermes. Y Diógenes Laercio cuenta que Heráclito, el más oscuro de los filósofos, prefería jugar a los astrágalos con los chicos en el templo de Ártemis antes que participar en la política de sus conciudadanos. A quienes se escandalizaban, les contestaba que aquello era mejor que gobernar con ellos.
Es el mismo Heráclito al que se atribuye esa imagen maravillosa del tiempo como un niño que juega.
Pero el hueso no servía solamente para pasar el rato. También podía usarse para preguntarle cosas a los dioses. En Bura, cuenta Pausanias, había un oráculo de Heracles que funcionaba tirando cuatro astrágalos.
Los romanos heredaron el juego bajo el nombre de tali. Se tiraban cuatro, y distintas combinaciones recibían nombres propios. La mejor, aquella en la que aparecían cuatro caras diferentes, era la Venus; una de las peores era el perro. Augusto jugaba sin demasiado pudor, Claudio llegó a escribir un libro sobre los dados y César cruzó el Rubicón con aquella frase que terminó convertida en proverbio: la suerte está echada.
Cicerón, menos impresionable, advertía algo bastante sensato: si sale Venus, no significa que Venus haya intervenido. Significa, sencillamente, que alguna vez tenía que salir.
Corregir con arte lo que cayó por azar
Los griegos y romanos conocían también juegos de estrategia y cálculo. Pero uno de los modelos más persistentes de su cultura lúdica fue el juego mixto: la suerte te da una situación y vos decidís qué hacer con ella.
El duodecim scripta romano dio lugar a la tabula; la tabula, a las tables medievales; y de esa familia terminaría saliendo el backgammon. En Grecia todavía se juega al tavli, conservando en el nombre la huella de aquella tabula latina.
Hay un célebre epigrama del siglo VI que describe una partida del emperador Zenón. Tenía una posición excelente, tira los dados y una combinación espantosa le destruye la partida. La escena tiene algo casi filosófico: el hombre más poderoso del mundo, emperador de los romanos, queda durante unos segundos a merced de dos dados.
Los filósofos pensaron esta relación entre arte y fortuna con bastante finura. Aristóteles cita un verso de Agatón: el arte ama a la fortuna y la fortuna al arte. Ambos se ocupan de aquello que podría ser de otra manera.
Platón, en la República, da un consejo para enfrentar las desgracias que parece sacado directamente de una mesa de tavli: una vez ocurrido algo, hay que deliberar y disponer las cosas, como después de una tirada de dados, de la manera que la razón juzgue mejor.
Terencio lo resumió con la precisión de la comedia: la vida es como jugar a los dados; si no sale lo que necesitabas, aquello que salió por azar hay que corregirlo con arte.
Ahí está quizá la idea central.
Porque para hacer eso hace falta algo más que cálculo. Los griegos tenían una palabra, metis, para designar la inteligencia astuta, flexible, oportunista: la inteligencia de Odiseo. La que sabe leer el momento, improvisar, engañar cuando hace falta y aprovechar lo que hay.
Nosotros probablemente diríamos viveza.
Y no es una forma inferior de inteligencia. Es la inteligencia apropiada para un mundo donde las cosas se mueven.
Las cartas sobre la mesa y las que no.
Los naipes son un invento chino que llegó a Europa hacia el siglo XIV, pero muchos de los grandes juegos occidentales de cartas desarrollaron de manera extraordinaria esta lógica antigua. Al azar se le agregó algo nuevo: la información incompleta.
Ahora no solo ignorás qué va a pasar. Tampoco sabés exactamente qué tiene el otro.
En el bridge hay que reconstruir las manos ajenas a partir de lo que se remata y de las cartas que van apareciendo, y al mismo tiempo entenderse con el compañero dentro de reglas estrictas. En el truco ocurre algo todavía más hermoso: se puede ganar con cartas malas.
Eso en el ajedrez no existe.
Está la seña, el farol, el “quiero retruco” dicho como si uno tuviera el az de espadas y de bastos en la mano cuando en realidad no tiene nada. Es la metis de Odiseo sentada a una mesa de amigos.
Por eso estos juegos se parecen tanto a la vida real. Nadie decide teniendo toda la información. Nadie controla completamente las cartas que le tocaron. Y casi nada importante se juega solo.
El juego de cálculo puro nos pide, en cierto sentido, parecernos a una buena máquina. El truco nos pide algo bastante más complicado: saber qué hacer con una mano imperfecta, delante de otros hombres que tampoco muestran todas sus cartas.
Lo que dijo el Aquinate
Acá aparece un problema más profundo.
Los estoicos —que eran occidentales hasta la médula— sostenían una concepción fuertemente determinista del universo. Todo formaba parte de una cadena necesaria de causas gobernada por el destino. El fatalismo, por lo tanto, no fue ninguna importación oriental: también lo tuvimos en casa.
La tradición cristiana tuvo que vérselas con ese problema, primero con Boecio y después, de manera particularmente sistemática, con Santo Tomás.
La respuesta tomista es bastante elegante. El azar existe realmente desde el punto de vista de las causas particulares. Puede ocurrir, como ya explicaba Aristóteles, que dos cadenas causales independientes se crucen sin que ninguno de sus agentes haya buscado ese encuentro.
Eso no significa, para Tomás, que algo quede fuera de la Providencia. La Providencia abarca el conjunto sin borrar la contingencia de las causas particulares.
Dicho más simplemente: que algo sea providencial no significa que deje de ser azaroso para nosotros.
Tomás admite incluso el uso de la suerte en determinadas decisiones: por ejemplo, cuando varias personas tienen igual derecho a algo y no existe una razón mejor para elegir entre ellas. Lo que rechaza es pedirle al sorteo aquello que corresponde resolver mediante la razón, la prudencia o la religión.
El dado deja entonces de ser un oráculo.
Y puede volver a ser simplemente un dado.
Después viene algo todavía mejor. Santo Tomás recoge de Aristóteles una virtud: la eutrapelia. Es la virtud del que sabe jugar, bromear y divertirse como corresponde.
El juego, dice, es necesario para el descanso del alma.
Cuenta incluso la vieja historia de San Juan Evangelista, al que un hombre encuentra entreteniéndose con una perdiz. El visitante se escandaliza de que un apóstol pierda el tiempo de esa manera. Juan le pregunta por qué no mantiene siempre tensado el arco que lleva consigo. El hombre responde que, si lo hiciera, terminaría rompiéndolo. Lo mismo ocurre con el alma.
Pero Tomás va más lejos. El que nunca juega, el tipo duro, desagradable, incapaz de permitir una broma o una diversión, no es por eso más virtuoso.
También tiene un defecto.
No jugar no es necesariamente una virtud.
A veces es un vicio.
Volver a la cancha
El astrágalo llegó a Hispania con Roma y sobrevivió durante siglos en distintos juegos de tabas. Después cruzó el Atlántico y en el Río de la Plata se volvió criollo: un hueso de vaca, una cancha de tierra, un tirador con pulso, apuestas y gente mirando.
Como en Roma, tuvo prohibiciones por juego de azar.
Y, como en Roma, se siguió jugando igual.
En la taba sobrevive casi intacta aquella mezcla antigua: la techne, el arte del tiro; el kairos, el momento justo; la tyche, la suerte del hueso que gira en el aire; y alrededor de todo eso, la comunidad que mira, apuesta, comenta y espera.
Hasta el vocabulario dice algo.
Llamar suerte a la cara ganadora es reconocer la fortuna sin arrodillarse ante ella. Más o menos eso hicieron Cicerón cuando se negó a ver a Venus detrás de cada buena tirada y Tomás cuando dejó espacio para el azar dentro de un mundo providencial.
La tradición que termina en ese hueso tirado sobre la tierra no entiende el juego solamente como cálculo ni como mero pasatiempo mental. Juega el hombre entero: el cuerpo que tira, la cabeza que calcula, el ojo que lee la situación, el ánimo que soporta el resultado y los otros que están alrededor.
Y quizá por eso vale la pena volver sobre estas cosas ahora que las máquinas nos ganan al go y al ajedrez.
Una computadora puede calcular muchísimo mejor que nosotros. Pero hay un sentido del juego que no se agota en calcular la mejor jugada. Para jugar de verdad hace falta, de algún modo, tener algo en juego.
El libro de los Proverbios presenta a la Sabiduría divina ludens in orbe terrarum: jugando en el orbe de la tierra.
Ni máquina ni dios, el hombre juega de otra manera.
Le toca una tirada que no eligió. Hace con ella lo que puede. Arriesga. Se equivoca. Mira al de enfrente. Vuelve a tirar.
A veces sale suerte.
A veces, culo.
Lo humano es seguir jugando.